Salambó
La princesa de Cartago
Aquellos clamores del populacho no atemorizaban a la hija de Amílcar.
Otras inquietudes más hondas la turbaban: su gran serpiente, el pitón negro, languidecía, y la serpiente era para los cartagineses un fetiche, a la vez nacional y privado. Creían que era hija del limo de la tierra, porque emerge de sus profundidades y no necesita pies para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su temperatura, las antiguas tinieblas viscosas palpitantes de fecundidad, y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los planetas, la inteligencia de Eschmún.
La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro gorriones vivos que se le ofrecían por plenilunio y cada luna nueva. Su hermosa piel, tachonada como el firmamento de manchas de oro sobre un fondo completamente negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado ancha para su cuerpo; un moho algodonoso se extendía alrededor de su cabeza, y en el ángulo de sus ojos se veían pequeños puntos rojos que parecían moverse. De cuando en cuando, Salambó, se acercaba a su canastilla de hilos de plata; apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto y el pulmón de pájaro; la serpiente estaba siempre enroscada en sí misma, más inmóvil que una liana seca; y, a fuerza de mirarla, acaba por sentir en su corazón como una espiral, como otra serpiente que poco a poco le subía a la garganta y la estrangulaba.
