La vida privada de Mona Lisa, de Pierre La Mure

Unos minutos después, Lisa entró en escena vistiendo el traje oscuro que solía usar para estar por casa, con la blusa y las mangas de un apagado color burdeos. Leonardo ejecutó su reverencia cortesana y procedió a ajustar su pose, en medio de una elegante cháchara. Para ello, tuvo que fruncir las cejas, guiñar los ojos, situarse en uno y otro ángulo, mientras no paraba de retorcerse el bigote.

Por fin, se declaró satisfecho. Se dirigió a su caballete, sacó unos lentes con montura de hierro de una cartera de cuero, se los colocó sobre la nariz ganchuda y comenzó a mirar a su modelo por encima de los cristales. Así permaneció inmóvil unos instantes, con un lápiz de carbón en la mano izquierda.

Estaba a punto de comenzar a dibujar cuando Lisa soltó un grito:

-¡Un momento!

Con rápidos gestos, se quitó los anillos de los dedos, retiró los peines de marfil que sostenían su elaborado peinado, apartó los rizos postizos que le colgaban sobre las orejas. Sacudió la cabeza y dejó que la cabellera se le desparramara sobre los hombros.

-Mi pariente nunca me vio con el cabello recogido ni con anillos en los dedos -explicó-. Deseo tener un aspecto lo más parecido posible a cuando me conoció, de lo contrario, tal vez no me reconocería.

De inmediato recuperó su pose, y comenzaron las sesiones. 

Leonardo había prometido tener terminado el retrato a finales de junio, antes de que ella partiera a Settignano. Tenía el firme propósito de cumplir su palabra esa primavera de 1503 trabajó asiduamente.

Poco a poco, la impaciencia de Lisa por su afectación, su amaneramiento, su lenguaje pretencioso, pero incorrecto, fue desvaneciéndose ante la prueba de su inmenso talento. En verdad, era un pintor de primera línea, comenzó a pensar ella.

Cuando el tiempo se hizo más cálido, Lisa adoptó la costumbre de hacerse servir refrescos. Interrumpían un momento las sesiones y bebían limonada mientras escuchaban el gotear de la fuente sobre el estanque y el canturreo de los pájaros. 

Como casi todos los hombres solitarios y sin familia, Leonardo ansiaba inconscientemente encontrar una persona en quien poder confiar.  Contemplando a la joven dama que le sonreía con sus suaves ojos castaños, fue recomponiendo en su memoria la imagen de Albiera. Cada sesión creía ver un mayor parecido entre ambas. A veces, casi hubiera dicho que Albiera había resucitado para entrar otra vez en su vida.