Hasta entonces me había dedicado a estudiar su carácter y temperamento, con intención de descubrir su punto débil. Me resultó muy difícil. Se trataba de uno de esos ingleses reservados cuyo sentido del deber va acompañado por un temperamento en apariencia poco entusiasta. La persona adecuada para sustituir al rey frente de cualquier dominio. El entusiasmo es la peor maldición que puede caer sobre el soberano reinante y son precisamente su súbditos los que más desconfían del monarca sincero y entusiasta. En presencia de Lord Gascoyne enseguida reprimía la faceta artística de mi carácter y simulaba una reserva y frialdad que me costaba adoptar. Trataba los temas de los que se hablaba con tanta razón pura como resultaba coherente con el respeto por los prejuicios de la aristocracia, actitud sumamente conciliadora para el noble inglés, que nunca es tan feliz como cuando se convence a sí mismo de que manifiesta tendencias liberales. Sin embargo, no parecía que existiera la posibilidad de ser invitado a Hammerton, pues ni siquiera el hecho de confesar que lo había visitado como turista provocó la ansiada invitación. Debido a sus limitaciones, el Lord era la persona más difícil con la que había tenido que vérmelas hasta entonces. Al mismo tiempo, el hecho de poder visitar a Lord y Lady Gascoyne en su casa de Londres, y que me reconocieran como pariente, me aportaba un prestigio social que antes no poseía.
Cada vez tenía más claro que necesitaba actuar rápidamente con su señoría. Debo reconocer que eliminarlo a él me producía menos reparos que en los casos anteriores, tan impersonal era en sus relaciones con el mundo exterior.
