Cuando perdí aquellos dos amigos, abandoné Roma. El cochero, después de haberme sacado mucho dinero, me mostró que el vino le atacaba a veces la cabeza y no arrojó contra una antigua construcción romana muy sólida. El cicerone aseguró un día que los antiguos romanos conocían muy bien la fuerza eléctrica y que su utilización estaba generalizada entre ellos. Incluso declamó unos versos latinos como testimonio.
Pero entonces contraje otra pequeña enfermedad, de la que no me iba a curar nunca. Cosa de nada: el miedo a envejecer y, sobre todo, el miedo a morir. Yo creo que se originó en una forma especial de celos. El envejecimiento me daba miedo sólo porque me aproximaba a la muerte. Mientras estuviera vivo, Augusta no me traicionaría, desde luego, pero me imaginaba que, tan pronto hubiera muerto y me hubiesen sepultado, después de haber tomado las medida para que se conservara en orden mi tumba y para que se dijesen las misas necesarias por mí, al instante miraría en derredor para darme el sucesor al que rodearía del mismo mundo sano y ordenado que ahora me hacía feliz a mí. No podía morir su salud, ni mucho menos, porque hubiera muerto yo. Yo tenía tal fe en dicha salud, que sólo podía perecer -me parecía- aplastada bajo todo un tren en plena carrera.
