Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar

 Mi manera de obrar se basaba en una serie de observaciones sobre mí mismo, hechas desde mucho tiempo atrás, toda explicación lúcida me ha convencido siempre, toda cortesía me conquista, toda felicidad me da casi siempre la cordura. Y sólo escuchaba a medias a los bien intencionados que afirman que la felicidad relaja, que la libertad reblandece, que la humanidad corrompe a aquellos en quienes se ejerce. Puede ser, pero en el estado actual del mundo, eso equivale a no querer dar de comer a un hombre exánime por miedo de que dentro de unos años sufra de plétora. cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños - todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas.

Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se la transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil. El respeto a las leyes antiguas corresponde a lo que la piedad humana tiene de más hondo; también sirve de almohada a la inercia de los jueces. Las más remotas participan del salvajismo que se esforzaban por corregir, las más venerables siguen siendo un producto de la fuerza. La mayoría de nuestras leyes penales sólo alcanzan, por suerte, quizá, a una mínima para de los culpables; nuestras leyes civiles no serán nunca lo suficientemente flexibles para adaptarse a la inmensa y fluida variedad de los hechos. 

Pero yo tenía prisa en salir de Roma. Hasta ahora mis predecesores se habían ausentado de ella por razones de guerra; para mí los grandes proyectos, las actividades  pacíficas y mi vida misma empezaban fuera de sus muros. 

Me quedaba por cumplir un último deber: había que ofrecer a Trajano el triunfo que había obsesionado sus sueños de enfermo. Un triunfo sólo sienta a los muertos. En vida, siempre hay alguien pronto a reprocharnos nuestras debilidades, como antaño reprochaban a César su calvicie y sus amores. Pero un muerto tiene derecho a esa especie de inauguración funeraria, a esas pocas horas de pompa ruidosa antes de los siglos de gloria y los milenios de olvido. La fortuna de un muerto está al abrigo de los reveses; hasta sus derrotas adquieren  un esplendor de victoria. El triunfo final de Trajano no conmemoraba un éxito más o menos dudosos sobre los partos, sino el honorable esfuerzo que había constituido toda su vida. Nos habíamos reunido para celebrar al mejor emperador que conociera Roma desde la vejez de Augusto, el más asiduo en su trabajo, el más honesto y el menos injusto. Aun sus defectos eran esas particularidades que llevan a reconocer la perfecta semejanza de un busto de mármol con el rostro. El alma del emperador subía al cielo, llevado por la inmóvil espiral de la Columna Trajana. Mi padre adoptivo pasaba a ser un dios, tomaba su lugar en la serie de las encarnaciones guerreras del Marte eterno, que de siglo en siglo vienen a trastornar y renovar el mundo. De pie en el balcón del Palatino, medí mis diferencias: yo me instrumentaba para fines más serenos. Empezaba a soñar con una soberanía olímpica.