Vauban acabó mal. En muchos aspectos era un conservador a ultranza en un país regido por el delirio moderno del poder universal. En otros, un reformista demasiado audaz. En sus escritos propugnaba la libertad de credo y pensamiento, y ello en una tiranía que quería reducir al individuo a una dimensión plana: la entrega total al autócrata. Quiso sustituir la aristocracia hereditaria por una de nuevo cuño, basada en los méritos del individuo. ¡Y lo pretendió en la monarquía más absoluta que se había conocido desde los tiempos de Darío el persa! Los ministros del Monstruo lo consideraron inocuo. No criticaba al rey, sino a la corte. No lo guiaba la revolución, sino la razón: según sus cálculos, de cada veinticuatro franceses solo uno cultivaba la tierra; en consecuencia, los otros veintitrés comían de su esfuerzo. Lo arrinconaron como a un viejo mochales, y si no lo persiguieron fue porque era demasiado mayor y un arcaísmo periclitado. Su rancia concepción de la fidelidad le impediría alzar una mano contra su rey. Al contrario. Moriría mil veces por él aunque detestara sus métodos, errores y pretensiones. Era un hombre tan ingenuo que creía que la política es lo que parece que es. Su lógica era geométrica, y por ello mismo demasiado simplista. No llegó a entender del todo que en la realidad humana operan un sinfín de vectores yuxtapuestos, imprevisibles, ocultos y, casi siempre, malignos. ¡El fin de las guerras! Qué sarcasmo. Ya lo decía Platón: los únicos que ven el fin de la guerra son los caídos en combate.
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Todos los reyes, por definición, son unos tarados o acaban siéndolo. El único debate es saber si para sus súbditos es mejor que los gobierne un tonto del culo o un hijo de puta. De joven yo era partidario de los tontos, porque al menos se conforman con comer faisán y dejan en paz a la gente. El tarado, por ejemplo, fue muy lamentado en Castilla pero muy popular en Cataluña. ¿Por qué? Pues porque no hizo nada de nada. Su atrofia cerebral era un reflejo de Castilla y de su imperio coagulado. A los catalanes ya les iba bien. Cuanto menos gobierne un rey y más lejos esté, pues tanto mejor.