La vida ante sí, de Émile Ajar


Ya les he dicho que la señora Rosa, aparte de su enfermedad, había vivido mucho y esto a veces le daba sudores fríos. Y cuando no entendía algo, se  ponía peor, que es lo que ocurre cuando uno envejece y esas cosas se acumulan

Ya les he dicho que la señora Rosa, aparte de su enfermedad, había vivido mucho y esto a veces le daba sudores fríos. Y cuando no entendía algo, se  ponía peor, que es lo que ocurre cuando uno envejece y esas cosas se acumulan. Pues bien, aquel francés que se había molestado en subir cuatro pisos para saludarla le hizo un efecto definitivo, como si hubiera ido a anunciarle su muerte, en calidad de representante oficial. Además, aquel individuo iba correctamente vestido, con traje negro, camisa y corbata. Yo no creo que la señora Rosa tuviera muchas ganas de vivir, pero de morir tampoco, me parece ni lo uno ni lo otro, se había acostumbrado, vaya.  Yo estoy seguro de que se puede hacer algo mejor que eso. 

Aquel señor Charmette parecía muy serio y muy importante por su manera de sentarse, tan tieso y tan quieto y la señora Rosa tenía miedo. Sostuvieron entre los dos un largo silencio y después no supieron qué decirse. Si quieren saber mi opinión, a mí me parece que el señor Charmette subió porque estaba solo y quería hablar con la señora Rosa para relacionarse. Cuando uno tiene cierta edad, se ve cada vez menos frecuentado, salvo si tiene hijos que se sientan obligados por la ley natural. Yo diría que se daban miedo el uno al otro y se miraban como diciendo: "Usted primero". "No, primero usted, por favor". El señor Charmette era más viejo que la señora Rosa, pero estaba seco, mientras que ella desbordaba por todas partes y la enfermedad tenía mucho más campo. Siempre es más duro para una vieja que encima ha tenido que ser judía que para un empleado de Ferrocarriles. 

Ella esta sentada en su butaca, con un abanico que conservaba de su pasado, de cuando le hacían regalos de mujer, y sin saber qué decir del susto que tenía. El señor Charmette la miraba sin pestañear, con el sombrero sobre las rodillas, como si hubiera ido a buscarla, y la judía temblaba y sudaba de miedo. De todos modos, resulta gracioso imaginar que la muerte pueda entrar en casa, sentarse son el sombrero sobre las rodillas y mirarte a los ojos para decir que ya es hora. Aunque yo veía que no era más que un francés falto de compatriotas que había querido aprovechar la ocasión de señalar su presencia cuando la noticia de que la señora Rosa no iba a bajar nunca más se extendió por la opinión pública, hasta el colmado tunecino del señor Keibali, donde se reúnen siempre todas las noticias.