Alice intentó empujar a Litovski sin abrir los ojos, por miedo a verle la cara. Mientras luchaba por soltarse, violentos y silenciosos sollozos estremecían el pecho del capitán. Alice sólo había visto llorar a un hombre una vez, cuando murió David y su padre se dejó caer de rodillas agarrándose a las cortinas del dormitorio. Se dejó caer tan despacio que cada vez que Alice pensaba en aquella mañana sólo recordaba la lentitud del movimiento. Aquella lentitud le enseñó que la muerte podía abolir las leyes menores de la naturaleza, interrumpir la gravedad, detener el tránsito de la tierra en torno al sol. Durante semanas, la casa resplandeció de luz tras las contraventanas cerradas y las cortinas corridas; nadie podía soportar que se apagara una sola lámpara, nadie sabía qué hora era. Pero este llanto era diferente. Desnudo, discordante.
***
Alice vio a May ponerse los zapatos occidentales en algunas ocasiones que no tenían nada que ver con sus salidas. La sorprendió probándoselos mientras estaba sola, o eso creía May. Alice la vio quitarse las diminutas zapatillas chinas en el tocador. Luego se puso en cada pie dos calcetines de Arthur, los de lana gruesa, y deslizó los pies en los botines de piel. Y después estuvo de pie varios minutos delante del espejo, volviéndose a la derecha y luego a la izquierda. Con otro espejo en la mano, May le dio la espalda al espejo de cuerpo entero y dio dos pasos vacilantes para ver qué aspecto tenía por detrás.