Sin duda, Roma necesitaba de una reforma. el fraude, el hurto, la lascivia, la homosexualidad y la pedofilia estaban a la orden del día e incluso los cardenales se atrevían a pasear abiertamente por la ciudad acompañados por sus amantes favoritos vestidos con suntuosas ropas traídas de Oriente.
Seis mil ochocientas prostitutas ejercían su comercio en la ciudad, con el consiguiente riesgo para la salud de los ciudadanos de Roma. La sífilis había llegado a convertirse en una auténtica epidemia, pues, tras llegar a Nápoles, se había extendido por toda la península hasta cruzar los Alpes con las tropas francesas. Los ciudadanos más ricos de Roma pagaban fortunas a los comerciantes de olivas para aliviar el dolor de sus pústulas, bañándose en inmensas tinajas de aceite. Después, ese mismo aceite era vendido en los comercios más selectos como "aceite virgen extra".
Pero el papa Alejandro sabía que, antes que nada, debía cambiar las costumbres de la propia Iglesia y para eso necesitaba reunir a la comisión cardenalicia. La Iglesia católica era una inmensa maquinaria que requería de innumerables engranajes para mantenerse en movimiento. La cancillería por si sola enviaba más de diez mil cartas al año. La cámara apostólica, dirigida por el camarlengo, debía asumir el pago y cobro de miles de facturas en ducados, florines y otras muchas monedas. El personal de la curia, que todos los años aumentaba en número, debía recibir un salario y había todo tipo de valiosos cargos eclesiásticos que vender e intercambiar, tanto de forma legítima como ilegítima.
Eran muchas las cuestiones que debían ser tenidas en cuenta. A lo largo de los siglos, el sumo pontífice y el Sacro Colegio Cardenalicio habían rivalizado por el control de estos engranajes. Ahora, la reforma implicaría una pérdida de poder por parte del papa y un fortalecimiento de la autoridad de los cardenales.
Y, por ello, era lógico que uno de los puntos de desacuerdo fuera el número de cardenales que podían ser investidos. Inundando el Sacro Colegio Cardenalicio de familiares, un papa podía hacer crecer su poder hasta el punto de controlar el nombramiento del próximo sumo pontífice, garantizando así el futuro bienestar y la riqueza de su familia.