La Tierra de las Mujeres, de Yang Erche Namu y Christine Mathieu

La experiencia con Hong Ling me alteró y me hizo más consciente de los límites que no debía traspasar. Siempre me había dado la impresión de que existían dos cuestiones que debían evitarse a toda costa: la política y el sexo, temas ambos sobre los que tenía unos conocimientos de lo más rudimentarios, derivados casi por completo de las clases obligatorias a las que todo el mundo debía asistir en China.

De hecho, a mediados de los años ochenta en China la política no le interesaba a nadie, o, mejor dicho, las clases de política no le interesaban a nadie, pero durante los cinco años que pasé en el conservatorio no me atreví a saltarme una sola, pues nunca me sentía totalmente segura de mi situación, al principio por mi nivel tan bajo de chino, luego por mi trabajo en los clubes nocturnos y, finalmente, por el incidente con Hong Ling; o tal vez no me atrevía a saltarme las clases sencillamente porque el conservatorio era mi sueño y no hubiera puesto en peligro mi plaza por nada, menos aún por quebrantar una norma que a nadie el importaba. 

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 Zhu He se mostró encantado conmigo desde el primer ensayo, al igual que el dueño del restaurante Las Cuatro Estaciones, que no tardó en considerar que como era estudiante, no había razón para pagarme el caché de profesional. Así pues, en lugar de los veinticuatro yuan que cobraban los otros miembros del grupo, yo recibía siete, y una bolsita de picnic con un zumo de naranja, un trozo de pastel y una manzana. Pero me daba más que por satisfecha. A mediados de los años ochenta el zumo de naranja y el pastel eran productos de lujo en China, y siete yuan por cantar una hora tres veces por semana suponían veintiún yuan semanales, lo que constituían un suplemento nada exiguo para mi asignación de treinta yuan al mes.